La fotografía no tiene color de piel: una reflexión desde La Paz

Hace unos días, mientras estaba en el receso en la universidad, escuché una frase que me revolvió el estómago. Un tipo soltó con una seguridad algo que no me gustó nada, según él: «La fotografía de calidad, la de verdad, está hecha para personas hermosas y blancas.»

Me quedé mirando la pantalla de mi laptop y un sentimiento entre la risa histérica y las ganas de lanzarle un lente de 50mm a la cara. ¿En qué siglo vive este sujeto? ¿En el que todavía usamos pelucas con talco? Pero lo peor no fue su ignorancia, sino darme cuenta de que hay mucha gente allá afuera, con cámaras increíbles guardadas en un cajón, que se cree ese cuento. Que creen que si no tienen a una modelo sueca en un campo de lavanda, su fotografía no vale nada.


Fotografiar La Paz: luz, altura y piel real

Verán, yo vivo en La Paz. Aquí la luz no es tu amiga; es una entidad caprichosa que a las doce del día te golpea con la fuerza de un camión y a las seis de la tarde te regala unos naranjas que harían llorar al mismo Papa. Y aquí, la gente no es «blanca y perfecta» según el estándar de catálogo de H&M. Somos marrones, tenemos arrugas de reírnos (o de renegar con el tráfico del Ceja), tenemos texturas. Y si algo he aprendido peleándome con el sensor de mi cámara y mis amados presets de Adobe Lightroom, es que la belleza en la fotografía no es una cuestión de pigmentación, sino de cómo dejas que la luz cuente una historia sobre la piel.

Recuerdo una vez, hace un par de años, cuando me empeñé en hacerle un retrato callejero a un señor que vendía periódicos cerca de la Prado. El hombre tenía una piel que parecía un mapa de carreteras, curtida por el sol de altura que no perdona.


La técnica que nadie te cuenta: exponer para pieles oscuras

Ahí aprendí mi primera lección real: deja de intentar corregir la realidad y empieza a observarla. La piel oscura o mestiza no necesita que la «aclaremos» para que se vea bien. Eso es un insulto y, técnicamente, un error de exposición garrafal. Si estás fotografiando a alguien con un tono de piel más profundo, no le tengas miedo a las sombras. En lugar de sobreexponer como si no hubiera un mañana (un pecado capital que veo mucho en Instagram), prueba a subexponer un pelín. Deja que los reflejos en los pómulos o en la frente creen el contraste. La riqueza está en los tonos medios, en esos cafés, cobres y dorados que una piel blanca simplemente no puede ofrecer.

Pero claro, es más fácil seguir el algoritmo. El algoritmo ama lo homogéneo. Es como comer comida rápida todos los días: te llena, pero te deja el alma un poco grasienta.


El problema del «look Fujifilm» y la estética vacía

A veces me siento un poco como el protagonista de alguna película indie donde todos son incomprendidos, navegando entre gente que solo quiere el «look Fujifilm» porque está de moda. Y ojo, me encanta el grano fotográfico, me obsesiona ese toque retro y vintage, pero no como un filtro para tapar la falta de alma, sino como una herramienta para resaltar la imperfección. La fotografía no es un concurso de belleza de Miss Universo. Tu foto no es el modelo «perfecto» que conseguiste; es la conexión que lograste capturar en ese segundo exacto donde el sujeto se olvidó de que lo estabas mirando.


Temperatura de color: el error que hace ver gris a la gente

Hablemos de técnica un segundo, pero sin ponernos como manual de instrucciones de lavadora. El error más común cuando alguien dice que «cierta gente no es fotogénica» es que no saben manejar la temperatura de color. Si tratas la piel de un paceño promedio con la misma frialdad con la que fotografiarías a un fantasma en Londres, lo vas a dejar gris. Y nadie quiere verse gris, a menos que seas un extra en The Walking Dead. El truco, que no es truco sino puro sentido común, es abrazar los tonos cálidos. No le temas al amarillo o al naranja. En mis posters y en lo que intento vender en mi tienda, siempre busco que el color se sienta vivo, casi táctil.


Una ventana, una mujer y ningún flash: la mejor foto que he sacado

Una vez, una chica me dijo que odiaba que le tomaran fotos porque «siempre salía oscura». Me lo dijo con una tristeza que me partió el corazón, como si su propia existencia fuera un fallo técnico para las cámaras. Le pedí que se sentara cerca de una ventana, de esas que tenemos aquí que dejan entrar una luz lateral brutal. No usé flash, no puse rebotadores caros. Solo busqué el ángulo donde la luz acariciaba su perfil. Cuando vio la foto, se quedó callada. No se veía blanca. Se veía poderosa. Tenía un brillo en los ojos que ninguna edición de DaVinci Resolve podría replicar si no estuviera ahí desde el principio.

Esa es la rabia que me da cuando escucho a «expertos» soltar sandeces racistas disfrazadas de estética. Están limitando el arte a un nicho aburrido y predecible. Es como si un músico dijera que solo se pueden escribir canciones de amor en Do mayor. ¡Qué hueva, de verdad!


La fotografía es un acto de rebelión

La fotografía es, en esencia, un acto de rebelión. Es decirle al tiempo: «espera un poco, este momento me importa». Y si ese momento incluye a una persona con ojeras, con piel de obsidiana o con una nariz que no sigue la proporción áurea, pues mucho mejor. Hay más verdad en un retrato honesto de alguien «común» que en diez mil sesiones de modelos de agencia que parecen estar pensando en qué van a cenar mientras posan.

A ver, que no se me malinterprete. No tengo nada en contra de las personas «hermosas y blancas». El problema es la exclusividad. El problema es la pereza mental de creer que solo lo que encaja en un canon de belleza europeo es digno de ser enmarcado. Si eres fotógrafo, o aspiras a serlo, tu trabajo es encontrar la luz en lo inesperado.


El consejo del fotógrafo de calle que cambió mi forma de ver

Un consejo práctico que me dio un viejo fotógrafo de calle una vez: «Si te sientes bloqueado porque tu entorno no parece de película, cambia el lente, pero sobre todo, cambia el juicio». A veces, el error divertido no es que se te olvidó quitar la tapa del lente (que nos pasa a todos, no mientan), sino pasar por alto una gran foto porque la persona frente a ti no se parece a la que viste en Pinterest esa mañana.

Y hablando de entornos que parecen de película sin que nadie se los diga: La Paz tiene rincones que pocas ciudades del mundo pueden igualar. El mercado de las Brujas, la Calle Jaén, el mirador del Killi Killi… son escenarios que gritan fotografía en cada textura, en cada rostro, en cada luz de tarde. El problema nunca fue el lugar. El problema fue el ojo que no sabe mirar.


Conclusión: la luz no pide pasaporte

En fin, supongo que este post es mi pequeña forma de hacer catarsis. Me frustra, me alegra y me entristece a partes iguales ver cómo nos saboteamos a nosotros mismos intentando encajar en moldes que no nos pertenecen. La fotografía es para todos los que tengan algo que decir, o mejor dicho, para todos los que estén dispuestos a mirar de verdad.

La próxima vez que alguien te diga que no eres «el tipo de persona» para una foto, o que tu cámara no sirve para capturar la realidad de tu barrio porque no es «estética», recuérdales que la estética es una construcción, pero la luz… la luz es universal. Y la luz no pide pasaporte ni mira el color de la piel antes de rebotar.

¿A ustedes les ha pasado? ¿Alguna vez han sentido que no «encajan» en lo que se supone que es una buena fotografía? Me encantaría leer sus experiencias, aunque sean de esos errores fatales de los que ahora nos reímos. O si han mandado a volar a algún «gurú» de cartón, también cuenta.

Avatar de autor

Antonee Lens

Fotógrafo enfocado en capturar momentos en el tiempo a través de imágenes que cuentan emociones, historias y revelan detalles que suelen pasar desapercibidos.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Shares
Scroll to Top