La caminata fotográfica que terminó en api con pastel

No sé en qué momento me convencí de que salir a caminar por La Paz con tres kilos de equipo colgados al cuello era una “actividad recreativa”. Creo que fue culpa de algún video de YouTube de un tipo en Londres o Tokio que hace que el street photography parezca un paseo zen, con música lo-fi de fondo y una edición perfecta. Pero seamos honestos: La Paz no es Tokio. Aquí no hay minimalismo; hay cables, hay puestos de fruta que desafían la física y hay una pendiente del 45% esperándote a la vuelta de cada esquina para recordarte que tus pulmones son, básicamente, decoración.

Esa mañana me desperté con una de esas ideas que parecen geniales antes de las ocho. El sol entraba por la ventana con un ángulo hermoso, agarré la cámara, me aseguré de que la batería no estuviera en ese traicionero 15% que te falla justo cuando ves algo bueno, y salí a la calle convencido de que hoy sí iba a capturar ese momento épico. Spoiler: no pasó.

Caminar por El Prado un sábado es caótico de una manera que casi tiene su propio ritmo. Mi plan era simple: buscar texturas, aprovechar esa luz del costado que hace que todo se vea interesante, y sobre todo, no parecer un turista perdido. Porque eso lo aprendes rápido: si te quedas parado demasiado tiempo con la cámara apuntando a la nada, la gente empieza a mirarte raro.

A los veinte minutos ya estaba sudando. No el sudor heroico de las películas, sino el de “estudié comunicación y ahora mis rodillas me están pasando la factura”. Me detuve cerca de la Pérez Velasco. Si conoces ese lugar, sabes que es donde la estética muere… o renace, dependiendo del día. Vi a una señora que vendía helados de canela y la composición era perfecta: el rojo del carrito, los minibuses blancos desenfocados atrás y ella con una expresión que decía claramente “sácame la foto y te cobro”.

Ahí vino el primer error del día. Había dejado el lente en enfoque manual desde la noche anterior, cuando estaba jugando a ser cineasta en mi cuarto. Para cuando logré que la imagen no pareciera borrosa, la señora ya se había movido a atender a un cliente y yo me quedé retratando una caja de cartón vacía. Arte conceptual, supongo.

Me acordé de ese consejo clásico: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca”. Me acerqué. Tanto, que una paloma casi me saca un ojo. Lo que aprendes en la calle es que la técnica importa, claro, pero la ciudad no espera a que acomodes tu cámara. A veces es mejor soltar el control y aceptar que la imperfección tiene su propio encanto.

Cerca del mediodía, el hambre le ganó a la inspiración. La luz ya estaba dura, de esa que deja unas sombras que hacen ver a cualquiera como si no hubiera dormido en tres días. Estaba por la calle Sagárnaga, con la tarjeta llena de fotos que no iba a borrar pero tampoco a subir a ningún lado.

Fue entonces cuando la vi. Una puerta de madera vieja, casi cayéndose, con un letrero escrito a mano: “Api con pastel”.

Entrar fue como cambiar de canal. Afuera: bocinas, prisa, ruido. Adentro: olor a canela, aceite caliente y algo que se parece bastante al hogar. Un local pequeño donde las mesas se comparten y terminas escuchando a un jubilado explicar por qué la música de antes era mejor. Me senté, puse la cámara sobre la mesa con el cuidado que se merece algo que costó más que varios meses de alquiler, y pedí un api mixto.

Cuando llegó el pastel —esa masa enorme y esponjosa cubierta de azúcar en polvo que te garantiza una mancha blanca en la ropa al primer mordisco— entendí algo. Había pasado tres horas buscando “la gran foto” afuera, sin darme cuenta de que lo más interesante estaba pasando justo delante de mí. La luz entraba por una claraboya sucia, iluminando el vapor que salía del vaso de api morado. Unos colores que ninguna aplicación de edición podría inventar.

Saqué la cámara una vez más. Sin grandes pretensiones. Solo disparé. El polvo flotando en el rayo de luz, el pastel desinflándose despacio y mi cara cansada reflejada en el vidrio de la mesa. Esa fue la foto del día.

A veces nos obsesionamos con el resultado. Queremos la foto perfecta, el encuadre que impresione. Y nos olvidamos de que la fotografía es, básicamente, una excusa para prestar atención. Si no hubiera salido a caminar, jamás habría terminado en ese rincón con un api que me quemó la lengua (porque siempre está a la temperatura de la superficie del sol, sin excepción).

El sabor de la masa y el calor del maíz me recordaron por qué me gusta esto. No es por los likes, es por la anécdota. Por el error que te lleva a un lugar inesperado. Al final, una caminata fotográfica no se mide en cuántas fotos buenas te llevas, sino en cuántas historias puedes contar mientras las editas.

Salí del local con el estómago lleno y la cámara guardada. Ya no necesitaba más fotos. El sol seguía ahí, la gente seguía gritando y los minibuses seguían intentando atropellarme, pero yo ya estaba bien. A veces, para ver mejor, hay que dejar de mirar por el visor y simplemente sentarse a comer.

¿Y tú? ¿Cuál ha sido ese error o esa distracción que terminó siendo lo mejor de tu salida? ¿Sufres por la luz o, como yo, te rindes ante un buen snack local cuando la inspiración escasea? Cuéntame en los comentarios.

Avatar de autor

Antonee Lens

Fotógrafo enfocado en capturar momentos en el tiempo a través de imágenes que cuentan emociones, historias y revelan detalles que suelen pasar desapercibidos.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Shares
Scroll to Top